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La importancia de leer en casa

La importancia de leer en casa

Leer en libertad es humanizar, abrir caminos al alma. Juan Farias

Consideración inicial

Aprender a leer es un procedimiento que se enseña en la escuela.

El gusto por la palabra y el amor a los libros se descubren en casa, en el ámbito de la familia, si bien la escuela ocupa un lugar de privilegio en esta conquista.

Cuando una maestra de educación infantil está contando un cuento a sus alumnos, no solo está relatando una historia divertida o triste, está enseñando conceptos que tienen que ver con la lengua, procedimientos que atañen al proceso de comprensión y unos valores determinados contenidos en el libro.

Cuando una abuela, o una madre, o un padre cuentan un cuento a sus nietos, o a sus hijos, están realizando un acto de amor. Un acto de amor hacia el pequeño, pues le están descubriendo el universo de la ficción literaria. Están construyendo un hermoso vínculo con el niño o la niña, y le están capacitando, sin saberlo y sin pretenderlo, para que se haga una persona competente en el ámbito de la lectura. Están despertando en él la imaginación, la capacidad de escucha y la de espera, el gusto por las palabras y el amor a los libros.

Esta guía pretende ofrecerles unas cuantas pautas y orientaciones en este sentido, así como acercarles una pequeña bibliografía que les ayudará en esa hermosa tarea de conseguir que sus hijos y sus hijas se acerquen a los libros por placer y no como obligación.

La necesidad de la ficción

Todos los seres humanos necesitamos que nos cuenten historias.

De esa necesidad de contar y escuchar han nacido los mitos, las leyendas, los sucedidos populares y los cuentos maravillosos. Durante años, estas historias se contaban y se escuchaban al amor de la lumbre. Los oídos expectantes de los que escuchaban se dejaban seducir por la narración del abuelo, del brujo o del hechicero; siempre el más sabio, el anciano, un hombre analfabeto, pero no ignorante.

Luego llegaron los libros, aunque no para todos, solo para los poderosos, mientras que la gente normal y corriente, el pueblo llano, seguía alimentando su imaginación con historias contadas y oídas.

La escolarización progresiva de la población supuso que casi todo el mundo aprendiera a leer.

Al tiempo que esto sucedía, la radio se convirtió en un medio de comunicación e información de masas.

Pocos años más tarde apareció la televisión.

Hasta la difusión mayoritaria de este electrodoméstico, el vehículo de comunicación entre las personas era solo la palabra. Las imágenes las ponía el que escuchaba. Cuando un grupo de niños asistía fascinado a la narración de «Caperucita Roja», la caperuza de la niña, el bosque que atravesaba para ir a ver a su abuela y el lobo eran diferentes en la imaginación de cada uno de ellos.

Hoy en día, la mayoría de los pequeños, al escuchar la historia de la Sirenita, imaginan las mismas imágenes, las de la película de Walt Disney.

Las palabras y las imágenes

Desde la divulgación masiva de la televisión son las imágenes, frente a las palabras, el vehículo fundamental de información y comunicación. Hasta tal punto esto es así, que cuando un maestro o una maestra cuentan a sus alumnos algo relativo a la actualidad, no es extraño que algún pequeño responda: «Es verdad, yo lo he visto en la televisión».

Pero el desarrollo ha ido produciendo otras pantallas que rodean a los pequeños desde que llegan al mundo: el ordenador, la videoconsola, el móvil. Y esa presencia masiva de pantallas ha supuesto que, en muchas ocasiones, los pequeños pasen del chupete al mando a distancia del televisor y luego al ratón del ordenador, al tiempo que los cuentos escuchados o impresos han pasado a ocupar un lugar secundario en su cotidianeidad. La voz del anciano que contaba las tradiciones de la comunidad ha sido sustituida por la voz del locutor del programa de moda.

De ahí que sea tan importante recuperar la palabra, la palabra que cuenta cuentos, historias, aventuras, peripecias que desarrollan la fantasía y la imaginación de los niños. Cuentos maravillosos y de tradición oral, o inventados para los pequeños utilizando como fuente de argumento la propia infancia de ustedes, madres y padres. Esas historias serán el pórtico de los libros impresos y de los álbumes ilustrados.

El valor de la ficción literaria

Si ustedes reflexionan observarán que dedicamos mucho tiempo, cuando hablamos con los demás, a contar lo que nos ha sucedido, lo que pensamos hacer, las preocupaciones que tenemos. Todo ello no deja de ser una manera modesta y cotidiana de hacer ficción. No queremos decir que esas palabras sean mentira, son el relato que ustedes hacen de sus días.

Pero ese relato, contado o escuchado, no nos es suficiente. Necesitamos soñar otros mundos en los que no ser lo que la vida nos ha deparado. Por ello cuando vemos una película o leemos una novela nos identificamos con un rey, una princesa, un investigador, una exploradora. En definitiva, escapamos de nuestras obligaciones cotidianas para vivir otros mundos que nos son ajenos, pero que, al menos mientras dura la visión de la película o la lectura de la novela, hacen que nos olvidemos de nuestras ocupaciones y preocupaciones.

Hasta hace un tiempo, esa evasión la realizábamos a través de la palabra: los cuentos que escuchábamos o leíamos, o las radionovelas.

Hoy en día, nuestros pequeños sacian su necesidad de aventura a través de las imágenes que les llegan de cualquiera de las múltiples pantallas que les rodean. Pero la calidad y la calidez humanas que esas imágenes tienen no pueden compararse con las de las palabras de un cuento maravilloso leído en un libro o escuchado de la voz de la madre. La literatura, la ficción literaria, plantea interrogantes al lector. Unos interrogantes que, en el caso de los niños, deben ser respondidos por los padres, cuando ellos lo requieran, no cuando lo decida la programación de la televisión.

El gusto por las palabras y el amor a los libros

Es frecuente escuchar, ante la pregunta de si nos ha gustado una película basada en una novela que ya habíamos leído, la respuesta: «sí, pero me gustó más la novela».

Esto es así en general, porque a la historia leída o escuchada somos nosotros quienes le ponemos imágenes y voces; las nuestras, las que nosotros imaginamos. Construimos los personajes con los elementos de nuestra experiencia y nuestra imaginación. Aquella primera relación con las palabras supuso una emoción que las imágenes de la película no han igualado.

Pensemos ahora en un niño, rodeado de pantallas la mayor parte del tiempo y cuya relación con las palabras se reduce a los aprendizajes escolares, a las conversaciones con sus compañeros, y a responder las preguntas que al cabo del día les hacemos: ¿has recogido tu cuarto?, ¿has terminado los deberes?, ¿te has lavado los dientes?

¿Dónde quedan en su experiencia emocional los cuentos maravillosos escuchados en una voz familiar sobre ogros, princesas y dragones? ¿Solo de las series, la mayoría de ellas con violencia gratuita, que emite la televisión, o peor aún, de los videojuegos? Es nuestra obligación como adultos que no solo sean esas pantallas las que les cuenten historias. Nunca ninguna imagen podrá sustituir al valor que sus palabras ejercerán sobre ellos.

Una madre, una abuela, con su hijo o su nieto en el regazo, contándole un cuento, es la imagen exacta de la transmisión de la palabra y del amor.

Si esa experiencia no sucede antes ni después de que el pequeño ingrese en la escuela, será muy difícil que ese niño o esa niña cuando crezcan sean lectores y les gusten los libros.

Hay que tener en cuenta que la mayoría de los libros que el niño utiliza en la escuela son libros para aprender cosas, y por muy divertidos que sean aparecen como una obligación, no como un placer. Pronto, además, llegarán los deberes escolares y el pequeño tendrá que escuchar con demasiada frecuencia: «Primero termina los deberes y luego podrás ver la televisión o jugar con el ordenador».

Antes de que suceda esta experiencia, es necesario que los cuentos, primero narrados, aquellos que no necesitan de ese objeto que se llama libro, y luego los impresos, sobre todo los grandes álbumes ilustrados, aparezcan en su vida como lugares de placer. Compartidos con los adultos, leídos una y otra vez, aprendidos de memoria antes de que sepan leer; experiencia que todas y todos ustedes habrán tenido, y que es necesario realizar con su pequeño antes de que haya ido a la escuela.

Esas experiencias, profundamente gratificantes en la infancia, germinarán en ellos, convirtiéndoles en ciudadanos maduros, amantes de los libros y del gusto por la palabra.

Los momentos de la lectura

Cualquier momento del día es bueno para propiciar ese encuentro entre un niño, un adulto y un cuento oral o un libro. Sí, cualquier momento puede ser bueno, pero hay un instante especial todos los días que aparece a la orilla del sueño, cuando el pequeño se va a la cama y utiliza cualquier pretexto para prolongar su permanencia junto a los adultos. Ese es el momento privilegiado para contarle un cuento.

Si ustedes ya han tenido esa experiencia, habrán comprobado que lo de menos es el cuento, es más, en muchas ocasiones la niña o el niño demandan un cuento que ya se saben de memoria, ya se trate de un cuento narrado o leído en un libro, lo importante es permanecer un rato más con el padre o la madre o el abuelo. Y también habrán observado que si nos equivocamos en una palabra el pequeño nos corregirá, y nos indicará que no es así, que no es como lo acabamos de nombrar, sino como lo contamos o leímos tantas veces en otras tantas ocasiones. Para ellos recorrer junto al adulto que lee o narra el itinerario de la historia es caminar un sendero conocido, protegidos por la seguridad que da el conocimiento de la peripecia y la presencia de un adulto protector.

Pero no debe ser ese el único momento, debemos procurar que a lo largo del día, a lo largo de la semana haya situaciones en las que el libro aparezca. Ya sea un libro impreso o un cuento narrado. Tras la comida un fin de semana, a media tarde cualquier día, un domingo por la mañana tras el desayuno… Procuremos que la televisión no sea la banda sonora de nuestra vida. Apaguémosla de vez en cuando para procurar un silencio que reclamará nuestra palabra. Una palabra para conversar, para escuchar, para contar.

Los pequeños son especialmente sensibles a la entonación de la voz humana cuando esta narra un cuento, y no solo los niños, también los adultos prestamos una atención especial, aunque no nos demos cuenta cuando alguien dice: «pues sucedió que la otra tarde…», o «había una vez…».

Clases de libros

No todos los niños son iguales; lo mismo sucede con los libros.

Los que se recomiendan en esta guía son solo libros, no libros juego, ni libros con sonidos, ni libros para meter en el agua o para dormir con ellos. Los libros que aquí recomendamos son libros para contemplar sus imágenes, para leer los textos que contienen y disfrutar con ambos elementos.

Hemos establecido una mínima clasificación para facilitar su acceso, con un breve comentario sobre sus características.

Como en todo lo que tiene que ver con lo humano, las clasificaciones no son estrictas, son recomendaciones, pues cada lector se hace a su manera, sin saber cómo, pero siempre debe haber una mano tendida que le ayude a recorrer ese itinerario, lleno de sorpresas gratificantes para el protagonista que inicia el recorrido, pero también para ustedes, adultos responsables de su educación. Dedíquenle a la tarea el mismo cariño que les tienen a ellos.